martes, 7 de abril de 2015

Entre lo vulgar y lo que mola

Sí, es verdad que tienen muchos detractores, que el lenguaje es muy basto y yo generalmente odio lo soez y pongo cara de asco cada vez que escucho/leo algo así. "Elemental y sucio, cuanto más sucio, mejor. ^^". Con decir que este es su motto, lo decimos todo.

Podréis opinar libremente a favor o en contra, pero no podréis decir que no tienen sentido del humor porque de eso andan sobradas, y que no os habéis reído al menos con uno de sus secretos contados a grito pelao. 

El exceso de machismo lleva al exceso de feminismo, y no es que defienda siempre los extremos pero por algo hay que empezar. Y si es con risas y a lo loco, mejor que mejor. Lo de las faldas es secundario.

Os dejo algunas perlas: 

  • Que lo difícil no es salir que es no volver a entrar, tía.
  • Naces, creces, te automientes y mueres.
  • Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma le manda WhatsApps a la montaña cuando se emborracha.
  • Mi té preferido es el te vas a por cervezas.
  • No creo que sea menos romántica por decir que se me acelera más el corazón cuando no encuentro el móvil en el bolso que al enamorarme.
  • Sonríe princesa, que te la vas a comer doblada.
  • La vida es eso que pasa mientras flipas.
  • Cualquier día nos van a querer tal y como somos y no sabremos qué hacer. Os aviso.
  • Te estás enfadando mal, trae que lo hago yo.
  • “Te voy a decir cuatro cosas: máquina, piedra, planta, animalito”. Y así se zanja una discusión con arte, coño.
  • Vosotros ya no os acordáis, pero antes ponías “gracias” o “vale” sin emoticono detrás y no tenías que pedir perdón por estar vivo.
  • No podemos salir juntos, la puerta es muy pequeña.
  • A mí dime la verdad, y luego ya veré yo si me la creo.
  • Hazme caso joer que yo también quiero ignorarte.
  • El problema es que nos vendieron eso de que tenemos que buscar quién nos complete como si nos faltase medio cerebro ya de serie, y picamos.
  • No se me ocurre nada tan terrible como para no pintarme de rojo los labios. NA-DA.

Y con esto y un bizcocho, ya veré cuando escribo el siguiente post.
Mientras podéis seguir leyendo cosas soeces, extremistas pero sobre todo divertidas en http://yofollecontigo.tumblr.com/

De nada.

viernes, 20 de marzo de 2015

Con la muerte en los tacones

*Aviso: esta entrada está escrita del tirón en un arranque mental de revolución e insumisión. Pido disculpas por la falta de sentido y/o ortografía.

No es mi intención comenzar una oda feminista hablando de la tortura, subyugación y elemento de sometimiento que representan los tacones. Podría hacerlo, pero no esta vez.

Solo quiero expresar mi confusión. Simple y llanamente. No es solo que odie los tacones, es que no los entiendo. Odio los tacones por una sencilla razón que todos comprenderéis: duelen. Duelen y mucho. Y están hechos para quitárselos.

Hasta que tenía 16 años, yo vivía entre algodones con mis deportivas, victorias y sandalias varias. A partir de esta edad parecía que tocaba llevar tacones, por eso de parecer más mayor, pasar a los bares y gustar a los chicos. Lo intenté alguna que otra vez. Me compré unas sandalias con 12 centímetros que solo me las puse un día para andar por casa. También unas botas blancas horrorosas que usé unos 5 días antes de esconderlas en una esquina del armario. También tuve unas Mustang, por supuesto, las botorras altas de antaño con taconazo para ir a BUT. Sí amigos, a BUT. Con ropa intercambiada con mis amigas y sombra de ojos morada extendida por todo el párpado sin compasión. 

Ya con 18, acepté que yo no estaba hecha para llevar tacón y volví a la felicidad de las nike dunk, vans de cerditos voladores y las zapatillas molonas de Fuencarral, por entonces muy de moda. 

Desde entonces he estado luchando contra ellos y las situaciones sociales en las que parecen imprescindibles. Cenas de empresa, actos oficiales, nochevieja. 

La penúltima vez fue una cena de empresa en Marbella, en la que supuestamente todas las chicas iban a llevar taconazo porque si no QUEDABAS MAL Y LO SABES, así que yo me agencié unos de 18 centímetros y me los planté ese día. Resultado: de camino al sitio, tuve que ir agarrada (no apoyándome, no: literalmente agarrada cual persona que está aprendiendo a andar) a mi compi Potri, y aun así tuve 3 torceduras de tobillo con sus correspondientes amagos de clavar mi dentadura contra el suelo. Sí, llevaba 18 cm de tacón, pero más que glamour lo que evocaba era lástima. Cuando Potri me sentó a la mesa, tuve que aguantarme las ganas de ir al baño por miedo a ponerme en pie sobre mis zancos y acabar en el suelo. Fue horrible. Al acabar la cena y sin poder aguantar más, mandé a Pitis al glamour y me cambié por mis chanclas de la playa. El señor Madriz, informático en la empresa, se mofó de mí durante el resto de la noche, pero yo volvía a sonreír y a ser una persona que sabe andar sin caerse.

La última vez de todas fue en la boda de mi hermana, en la que llevé un tacón bastante moderado que duró lo mismo que la misa. Según salí de la iglesia tambaleándome, me quité con rabia esos instrumentos de tortura y pasé el resto de la noche con los pies negros de andar descalza. Y tan agusto.

Ya no ha habido más veces desde entonces. Aprendí que los tacones y yo no estamos hechos el uno para el otro, es más, no creo que estén hechos para nadie. Pero entonces llegó este año, y esta boda a la que estoy invitada, y este vestido precioso largo que me he comprado. Y cómo no, necesito unos zapatos. Y yo lo que quiero es ser práctica y llevar unas malditas sandalias planas, que es lo que con lo que voy a acabar igualmente. Le he enseñado esta mañana algunos modelos que me gustan a mi madre, y su respuesta ha sido firme:

- Cariño, tú eres más elegante que eso. Con ese vestido largo precioso que te has comprado no puedes llevar tacón bajo, le pide un tacón alto a gritos o lo destrozarás. 
- ¡Pero qué…! ¡Qué voy a destrozar! Mamá, yo paso de tacón alto. No es elegancia, es tortura. 
- Bueno hija, pues te llevas unas manoletinas planas en el bolso y luego te cambias, como hace todo el mundo.

Y tiene toda la razón, es lo que hace todo el mundo. ¿Pero estamos tontos todos o qué? Llevamos clutch o bolso pequeño, un monedero mínimo, pero nos parece lo más normal del mundo llevar 2 pares de zapatos a una boda. Tócate los cojones Mariloles.

Y digo yo, ¿no podremos llevar unos, con los que vayamos a acabar igualmente? ¿Tenemos obligatoriamente que pasar por el momento faquir de morirnos de dolor por intentar andar con 2 agujas durante algunas horas? Por otro lado, ¿qué mierda tiene que ver elegancia con tacón alto? Es decir… yo no soy precisamente una torre. Mido 1’63. Pero vamos, que básicamente esto viene a decir que da igual lo que lleve puesto, como si es un vestido de seda fina confeccionado con los mejores materiales, si no llevo tacón no voy elegante y punto. Ergo, si nunca me pongo tacón, nunca seré elegante.

¡Pero qué chorradas! De verdad, es algo que escapa a mis entendederas. Y repito, no es oda feminista. Nunca os podríais un chaleco hecho de metal ardiendo, ¿verdad? Y ahora, ¿podríais decirme por qué? Pues porque duele. No hay más. 

¿Y si os dijeran que lo que podéis es hacer es ponéroslo un ratito, unas horas, y luego ya cambiaros a un chaleco normal? ¿No les aconsejaríais chequearse su estado mental?
Pues no sé por qué en el caso de los tacones es diferente. Los tacones están hechos para quitártelos, y soltar ese “aaaahhh” de alivio y pensar que es la mejor sensación del mundo , cuando realmente es la sensación NORMAL. 

A veces no sé si el mundo está al revés o soy yo la única que no llevo tacones. 

jueves, 12 de marzo de 2015

London en canciones

Últimamente y como es normal, imagino, me vienen a la memoria muchos momentos e imágenes de Londres. Parece que mis recuerdos se van sedimentando, y mis neuronas están proceso de selección para ver cuáles son las tomas finales que conformarán mi peli mental de "cuando estuve en London".

Para mí, London es...

The Lumineers, los primeros días y semanas, cuando todo era nuevo. Cuando tenía una energía inagotable para patearme Londres 7 horas al día y un nudo de nervios y emoción en el estómago. Cuando estaba en el éxtasis del recién llegado, saboreando cada cena, cada pinta, cada quedada, cada BBQ, cada paseo solitario cv en mano, cada rincón de la ciudad. The Lumineers, "Hey Ho" y todas las demás sonaban sin parar en mi spotify. En casa, en la calle, en cualquier lado. I belong with you, you belong with me, you´re my sweetheart. Era Febrero y nevaba.

She & Him, cuando encontré el mejor trabajo que podía haber imaginado y vivía en el centro de Londres con una de mis mejores amigas y una oveja esporádica. Aunque la ciudad es siempre gris, por aquel entonces solo recuerdo un brillo cegador y el nuevo álbum de she  & him sonando todas las mañanas nada más levantarme, mientras me arreglaba, de camino al curro y a la vuelta. Vivía en Russell Square, trabajaba en Camden Town, compartía casa con Minus y I could´ve been your girl.

Imagine Dragons, cuando nos cambiamos de casa en verano, y aunque Minus estaba ya abandonando la ciudad, mi experiencia continuaba siendo no buena, si no mejor. Creía que compartía techo con buena gente, ya no vivía en el centro pero seguía bastante bien conectada y la nueva casa era una gozada de grande. Por esa época fue la boda de mi hermana, y yo no podía dejar de escuchar Imagine Dragons y pensar que nunca iba a dejar esa ciudad, porque nunca estuve tan feliz en ningún lugar. Llevar medio año, adorar mi trabajo, mi casa y sentirme tan arropada.. estrofas como éstas definían exactamente cómo me sentía por aquel entonces: "Been dreaming of this since a child, I’m on top of the world." "I don't ever want to leave this town, cause after all... this city never sleeps at night."

Passenger y Ellie Goulding, en verano, solapados con Imagine Dragons y extendiéndose más en el tiempo. Era verano y sorprendentemente en Londres también, porque hacía mucho sol y hubo semanas de ir en manga corta, porque hacíamos muchos planes y fuimos a conciertos, a cumpleaños, a barbacoas, a salir por la noche y todos resultaron momentos dulces, aunque a veces melancólicos. Algo empezaba a fallar en el engranaje, aunque en ese momento no lo sabía. Por aquel entonces también conocí a la persona que hoy me acompaña en mi vida. "How wonderful life is...  now you´re in the world".

Ben Howard, en Octubre. Recuerdo hasta el día en que comencé a escucharle obsesivamente, a él y a su "Keep your head up". También a la canción esa que dice "wake me up when it´s all over", esperando aquella madrugada en el aeropuerto para poder ir a Madrid. Keep your head up, keep your heart strong. Keep your mind set, keep your hair long. Fueron momentos muy difíciles, en los que yo estaba lejos de donde debía estar. Malos también, porque la convivencia con personas de la peor calaña me creó situaciones indeseables. Suerte que le tenía a él, que me apoyaba en todo momento. Y a Maik y Chiara, y a Toni y a Cris. Sin ellos, todo esto hubiera sido un infierno. Fue entonces cuando decidí dejarme el pelo largo, muy largo.

Vampire weekend, cuando fuimos a su concierto y al de Two Door Cinema Club, y hacíamos planes entre semana de llegar a casa a las mil, y nos reíamos cada tarde, y cada noche, y por la mañana íbamos muertos a trabajar pero con una sonrisa en la cara. 
Vivía en una habitación preciosa en Angel, en la casa de Maik y Chiara. Posiblemente las personas a las que más cosas tengo que agradecer, en general.
Maik me convenció para engancharme a "The Walking Dead", y me enseñó a disfrutar del vino sin mezclarlo con coca-cola. Me encantaban esas cenas de queso con mermelada, uvas y una botella de vino. Él entendía de vinos, yo no, pero seguro que yo disfrutaba mucho más de esos momentos. Chiara cuidaba de que estuviera a gusto, preparaba una bolognesa increíble y me soportaba mis despistes. Les obligué a celebrar los Reyes Magos y compramos roscón. Fue genial. Hacía frío, pero aún lo peor del invierno no había llegado. En esta época luchaba porque Londres no me ganara la partida. 

Bastille, cuando ya vivía con Daniele y empecé a cocinar, y a hacer cosas de ama de casa que antes nunca había hecho de forma asidua. Estas cosas me aburrían soberanamente, por lo que tenía que ponerme música sí o sí para abstraerme mientras duraba la faena. Bastille me animaba a bailar dando saltitos entre sartén y cazuela, en nuestro minipiso donde el salón era la cocina y viceversa. 
De nuestro minipiso recuerdo el "menos es más". Con qué poco teníamos tanto. Unas tapas, un poco de Jamón de España, aceitunas, una botella de vino en el medio de la mini-mesa y algunas velas adornando el salón. Y yo era la persona más feliz sobre la faz de la tierra. Aunque la semilla de la vuelta ya había empezado a germinar, sentía la distancia como un precipicio y el gris de la ciudad había dejado de ser poético para ser solo triste y aborrecible. Todo podía resumirse en esto: 
"And the walls kept tumbling down in the city that we love... Rain clouds roll over the hills,bringing darkness from above. But if you close your eyes, does it almost feel like nothing change at all?"
Hacía ya un año de mi llegada.

Arctic Monkeys cuando salíamos a correr por Finsbury Park, y odiábamos nuestro barrio pero adorábamos nuestro parque. A veces corríamos, a veces cogíamos la bici, otras veces jugábamos al fútbol y al voley con un balón que nos compramos en el pakistaní de al lado. Una vez nos entrevistaron mientras estirábamos, y fingimos ser la pareja super healthy que nunca fuimos. Era Abril, y Cris y yo fuimos un día a Finsbury Park precisamente a ver a Arctic Monkeys, no fue un concierto supermemorable pero estuvo bastante bien. Mientras, los chicos veían un partido de fútbol que debía de ser lo más, un derby de esos, en la otra punta de Londres. Nos unimos a ellos al final del concierto, Cris y Toni son de este escaso tipo de gente con la que te lo pasas bien siempre. En cualquier momento y en cualquier lugar.

Timber, de Kesha y Pitbull porque no todo van a ser grupos cool además de molones, esta canción fue un subidón desde que la escuché por primera vez en Madrid, en verano. Me dio entonces una época de ponerla en loop cuando necesitaba un chute de energía y otro de olvidarme de todo. Empezaba a hacer calor de nuevo, aunque no tanto como el verano anterior. Fuimos a Roma y a Madrid en Julio, nos vino bien escapar de Londres. Y por supuesto, conocer a mi nuevo sobri.

Jack Johnson y sus canciones bonitas y tranquilas, bebiendo vino blanco en el jardín en cuanto se asomaban 3 rayos de sol. Well, it's always better when we're together.

Chasing cars de Snow Patrol, cuando se acabó el verano y vendimos los muebles, y nos pasamos los días metiendo cosas en cajas y en bolsas de basura. Decíamos adiós a nuestro mini piso, y a Londres también. Era Agosto. Tras un año y medio, Londres me había dado jaque mate. Me consumía por dentro y maldecía sus bares sin terrazas y llenos de oscuridad, su comida insípida, sus caracteres rancios, su tiempo siempre triste. Me sorprendí queriendo huir con las mismas ganas con las que había querido mudarme aquí. "Would you lie with me and just forget the world?". Era lo que más deseaba en ese momento.

Nos fuimos a Madrid a finales de Septiembre, no sin antes disfrutar de una comida dominguera en un crucero por el Thames a ritmo de Jazz, pasar la tarde en nuestra bolera local de los 80, disfrutar mi fiesta de empresa y asistir a un concierto de Quique González como despedida.

She & Him, de nuevo. La semana de mi despedida asistí a la fiesta de mi empresa, en pleno corazón Londinense, con las mejores vistas posibles, canapés varios y copas de champagne que surgían de la nada. Me encantó despedirme así. Entre risas y celebración, porque resulta que el equipo de AP Video Hub habíamos ganado un premio a la innovación... y nos merecíamos esta fiesta. Yo estaba pletórica, porque dejaba Londres y volvía a ser LadyMadriz. La canción "London" de She & him no dejaba de sonar en ese tiempo. "Oh, London, I love you, but the clouds never go away."

Quique González. En concierto. Primero fuimos a los 3 reyes, el bar local de Michael y Chiara, en Angel. Era un lugar pequeño y encantador, además de tener el título perfecto para la ocasión. Más tarde fuimos al concierto en Scala, y yo ya rozaba con los dedos las calles de Madrid, y solo recordaba cuando éramos reyes y no perdimos nada. Cada momento vivido,  cada maleta cerrada,  cada uno de mis amigos...  me esperan en la antesala.

Y de repente oí "hey, suban al avión"... y no hubo más remedio.


London,, it was a pleasure.
Oh London I´ll leave you... but the sky will always fall.




miércoles, 11 de febrero de 2015

Digging the wall

No entiendo porque escribo menos. Sé que hay rachas.  Pero también leo menos. Sé que las cosas cambian. Pero tanto?

Intento recordar cuando escribía casi todos los días. Usaba folios, nada de ordenador. Folios y un lápiz. Escribía en un diario lo que se me pasaba por la cabeza cuando jugaba con muñecos y ponys, porque mi padre se negó siempre a comprarme el coche teledirigido que siempre quise.  Escribía también novelas negras con mi personaje Harrison, el que incluía en cada una de ellas. Hubo una época en que incluso obligué a mis primas, cada vez que nos reuníamos los fines de semana, a pasar el rato escribiendo todas novelas negras. Yo les aleccionaba, les decía que tenían que crearse un personaje guay como Harrison e inventar crímenes e investigaciones. Recuerdo que lo hicieron, incluso escribieron algunas líneas (más bien por no escucharme) pero pronto se aburrieron.

Escribía sobre lo bien que me había ido el día en el colegio. O el club que había montado con mis amigas, en el que habíamos fabricado una llave secreta con papel de plata y la habíamos escondido en el dispensador de jabón del baño del colegio.

Escribía de adolescente, desahogándome de mis nimios problemas que para mí eran universos infinitos. Dibujaba como me veía, o lo que es lo mismo, lo mal que me veía. También escribía sobre los chicos que me gustaban, y sobre lo mucho que ignoraban mi existencia.  

Más adelante, escribía sobre mis buenos ratos y malos ratos con mis amigas. Tener amigas a los 15 años es una puta montaña rusa. Tan pronto te odias como sois inseparables. Relataba mis mañanas en la habitación, frente a la ventana sin hacer otra cosa que divagar mediante un bolígrafo y un papel. Me gustaba también escribir pensamientos entrecortados, que parecían no tener sentido pero sí. Versos huérfanos. 

Era muy cursi por aquel entonces. Aún lo soy, pero he aprendido a disimularlo un poco.

Escribía cada vez que discutía con mis padres, porque la rabia me cegaba y el papel me ayudaba a ver. Cuando terminaba de empuñar el boli mi mano estaba agotada, mi mente también, pero el alivio era brutal. También plasmaba mis discusiones con los chicos que pasaron por mi vida, o los momentos de angustia o dolor. Me ayudaba entender. A veces escribía dirigiéndome a ellos (él, en cada momento. No es que estuviera con mil a la vez). Otras veces escribía para mí. Y otras lo disfrazaba de historia en tercera persona. A veces se lo enviaba, porque mi expresión oral siempre ha sido muy limitada. La timidez se mezcla con el enfado y me bloqueo, y no me salen las palabras. Para que tú me entiendas mis palabras se adelgazan a veces. Sin embargo escribiendo me salían solas, mi cabeza dictaba cada una de las frases sin titubear un segundo. Aun así, dudo que alguno de ellos entendiera alguno de esos escritos como yo pretendía que lo entendieran. 

No podía evitarlo. Si no escribía, no era capaz de procesar bien la información. Me quedaba con un ovillo en la cabeza sin saber muy bien como desenredarlo. 

Luego comencé a escribir como terapia, para focalizarme solo en lo positivo. Me propuse dejar de desahogarme y comenzar a escribir anécdotas, cosas divertidas. O entrañables. En definitiva, cosas que hicieran sonreír. Art never comes from hapiness, they say. Yo quería probar que eso no era cierto. Es muy triste pensar que lo es. 

Empecé el blog, y a veces eran entradas alegres. Divertidas. Otras eran Biblias infumables. Pero también se colaban bajones, versos huérfanos, momentos de desahogo inevitables. No escribía solo en el blog. Éste solo era la parte visible de la luna, pero en mi ordenador guardaba miles de historias y momentos. 

Solo una vez me propuse en serio escribir una novela. Quería ubicarla en Sudán. Pero me di cuenta de que no tenía la más remota idea de Sudán, ni de cómo era, ni de qué había allí ni cómo era su gente. ¿Cómo podía escribir una historia sin tener ni idea? Comencé a documentarme. Me sobrepasó de tal manera que decidí dejarlo. Fue entonces cuando me di cuenta de que para escribir no hace falta solo saber escribir. O que te guste. Escribir exige un conocimiento tan amplio, una documentación tan ardua, una planificación de espacios y personalidades demasiado seria como para tomárselo a la ligera. 

Hoy día escribo poco o nada. Muchas veces me descubro pensando en escrito, como digo yo, pensando como si estuviera escribiendo. Es una práctica que me ha acompañado durante años, pero ya la estoy perdiendo. Antes intentaba memorizar eso que había escrito en mi mente para que no se me olvidase, y poder escribirlo al llegar a casa. Ahora solo me doy cuenta, y ya está. Paso a otra cosa, porque no sé qué vamos a cenar y deberíamos comprar pasta de dientes. También hay que poner una lavadora y llamar a los del gas.

Me gustaría seguir practicando ukelele, y estoy mirando clases de conversación en inglés. Ayer fui a preguntar precios para volver al gimnasio, y la semana pasada compré un par de cupones para ir a montar a caballo y para hacer snow. Seguramente el domingo no me apetezca otra cosa que ocupar el sofá en posición horizontal. Y así van pasando los días, y la música y los libros cada vez tienen menos espacio en mi vida, o el que les dejo.

jueves, 22 de enero de 2015

Cosas absurdas del día a día

Y que nunca entenderé. 

miércoles, 14 de enero de 2015

Irrelevant update

Por fin encontramos casa. Sorprendentemente topamos con una persona adorable con una casa aún más adorable que nos enamoró a primera vista, como en las pelis.
Algunos unicornios han regresado, pero solo algunos. La tarea mudanza no es mucho de su agrado y creo que prefieren esperar.
También ha habido fiestas, celebraciones, y esa maldita manía de comer como si hubiéramos ayunado el resto del año, gastar como si fuéramos millonarios y dejarnos llevar por la ostentación llevada al extremo. Y como todos los años, los polvorones se sacan para acumular aún más polvo, y luego se vuelven a guardar.
Ha sido bonito, sin embargo, volver a disfrutar de las Navidades sin el sabor agridulce de tener que irme de nuevo.

Y para seguir con la tradición, caemos en los despropósitos de año nuevo. Que mola más hacerlos que cumplirlos, he ahí la gracia.
Para que se me olviden más despacito, dejo los míos aquí. En realidad el principal es el último. Ése que seguro que cumplo este año.


  1. Hacer una inauguración digna de la casa
  2. Ver a toda la gente que me falta por ver
  3. Cenar en el restaurante de mi prima
  4. Comer menos carne, hasta poder llegar a cero
  5. Cocinar mucho
  6. Seguir practicando inglés
  7. Correr al menos 2 días a la semana
  8. Retomar el ukelele
  9. Hacerme un curso de marketing online
  10. Leer más
  11. Ir a más conciertos
  12. Dedicar tiempo de calidad a mi familia y amigos
As for the rest... I´ll try my best.




jueves, 11 de diciembre de 2014

Flat-hunting killed my unicorns

Yo estaba tan feliz, inocente de mí, pensando que en Madrid todo iría como la seda y el papeleo y la burocracia no existirían y que la gente tiraría pétalos de rosa al andar. Entonces llegué, y además de que mi novio venía ya con trabajo, yo encontré un trabajo genial en menos de 48 horas, y a mi alrededor los arcoiris se sucedían y entrelazaban y los unicornios voladores poblaban el cielo. Ah, Madriz. De Madriz al cielo. Qué digo, Madríz es el cielo. Démonos todos la mano y cantemos.

Entonces nos pusimos a buscar piso, y nos topamos de lleno con las maneras y la burocracia de este país. Algo que en Londres nunca supuso más rollo que el de patearte lugares, en Madríz se convertía en gritos de Munch y gotitas de sudor en la frente . Y las nubes de algodón se derritieron a lo bonzo, los unicornios salieron huyendo despavoridos y los arcoiris es esfumaron con un "plop" suave, como un quejido.

Llevamos 2 meses buscando piso, los mismos que hace desde que vinimos, y todos son problemas. Ya no entro en la dificultad de encontrar una vivienda medianamente digna sin muebles del cretácico y baños dorados, no. Tampoco mencionaré lo sobrevalorada que tiene la gente sus viviendas, imbuidos en una fantasía que les lleva a verlas como auténticos palacetes que ni el precio más alto les haría justicia. Para los no inciados, he aquí algunas keywords a descifrar en los anuncios:


Diccionario del flathunter
60 metros = construidos. 
SUPER luminoso = lámparas de antaño con tropecientas luces de cristales
coqueto = zulo
exterior = el patio interior se considera las afueras
oportunidad = nadie lo quiere

Podría seguir, pero iré por fascículos. No, no me refiero a todo eso señores y señoras. 
Lo qué ha atentado contra mi universo de felicidad y olor a palomitas recién hechas han sido los requisitos. Esa sarta de incoherencias abusivas que roza la ilegalidad, y que al parecer hemos sido los únicos en encontrarnos con ellas. Ninguno de mis amigos que alquilan se han encontrado jamás este tipo de problemas, lo que me lleva a pensar que debemos estar envueltos de un aura anti-renting y no nos hemos dado cuenta hasta ahora. Pero tampoco entraré en maremágnum de despropósitos, porque si no me encolerizo y los jueves no toca. Así que, de momento, os dejo con una pequeña reseña sobre los caseros potenciales.

Tipos de caseros

- El novato: Su casa es suya y nunca ha sido de nadie más. Te exigen análisis de sangre, orina, libro de familia, riñón y medio y antecedentes penales. Por supuesto, no tienen ni idea ni de cómo hacer un contrato ni están seguros de qué condiciones ofrecer, porque claro... es la primera vez que alquilan su casa. Viva la era de la información.

- La agencia: Te cobran por que tú hagas su trabajo. Te abren la puerta del piso que tú te has deslomado en buscar y contactar, para pedirte luego una mensualidad en concepto de honorarios. Si lo sé, me hago abridora de puertas de casas.

- El ratatouille: los catalanes a su lado no son nadie. Suelen además llevar aseguradoras añadidas, no para la casa... si no para estudiar hasta tu ADN. Te enseña la casa amueblada mientras te comenta que él cubre todo menos la lavadora si se rompe, el frigorífico porque tiene ya muchos años y por cierto, se lleva el sofá y la cama. Pero todo lo demás se queda.

- Los ancianos adorables: Les quiero. Mucho. El piso puede no gustarte nada, pero un ratico con abuelos postizos alegra el día a cualquiera. Aunque te lleve 2 horas la visita... son tan auténticos.

- Los legales: Te hablan de la casa, el barrio, te confirman que se hacen cargo de cualquier avería en la casa, y si encuentras alguna pega intenta buscarle una solución. Es decir, actúan como tú, como yo, y como crees que cualquier actuaría, pero NO: este tipo de caseros escasean. Si te encuentras uno de éstos abrázalo fuerte y no le dejes escapar hasta que tengas firmado el contrato.


Algún día conseguiremos un piso en Madrid. Y ese día será grande. 


Volverán los resplandecientes unicornios
en nuestro balcón sus nidos a colgar.
Pero aquellas agencias y caseros
cuyas condiciones nos hacían enojar
esos... ¡no volverán!