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lunes, 9 de abril de 2012

Peaceful Lisbon (Parte 1'5/3)


Lunes 2 de abril.
Misma casa de David.

Como buen lunes y ya descansados, salimos a buena hora de casa preparados para un buen maratón turístico. Lisboa es una eterna montaña rusa por sus empinadas cuestas que se convierten en deslizantes bajadas a la vuelta. Las aceras tampoco lo ponen fácil, repletas de piedras irregulares que hacen las veces de baldosines. Intento no pensarlo mientras paseo y noto como se me clavan en los talones. Hace sol, pero un sol de estos implícitos que te ciegan sin dejarte ver un solo rayo. Hacemos una parada en una plaza que da al río, y pienso que es bastante surrealista estar sentada en un escalón de una enorme plaza en el que en el siguiente comienza en agua. Como si en un lateral de la plaza mayor se abriese una ventana al mar, y fuese tan fácil acceder a ella como bajar una rampa de 10 centímetros.

Continuamos el paseo por la montaña rusa y esta vez toca subir hasta Mordor. Tenemos que alcanzar el mirador más alto, justo el que vimos el día primer día desde el otro lado de la ciudad. Cuando llegamos, nos premiamos con una caña en la terraza que encumbra el mirador en sí, y yo decido darle la espalda a las vistas pese a la regañina de David. Llevo puestas las gafas de ver y tengo miedo de que el sol fantasmal me queme los ojos.
Mientras disfrutamos del merecido descanso hablamos del futuro, uno de nuestros tantos temas en bares intentando arreglar el mundo. Nos preguntamos con cierta ingenuidad si, cuando seamos mayores, seguiremos quedando y viéndonos de forma regular. David lleva siendo mi mejor amigo desde hace ya 12 años, y se me hace imposible imaginar un futuro sin su presencia, más o menos cercana. Esto no se lo digo, pero creo que ya lo sabe. Aun así y a pesar de que le he visto cambiar desde que se comía el bocadillo en el recreo del cole hasta ahora, me resulta igualmente complicado imaginar qué será de nosotros en diez años.
Después de filosofar un rato decidimos que tenemos hambre, y me lleva a un restaurante mínimo en el que nos atiende una señora que bien podría ser mi madre en versión portuguesa. Pedimos una sopa, porque la sopa es el plato estrella y omnipresente en cualquier lugar de Lisboa, y un bocadillo a medias. Me sabe al mejor manjar del mundo mundial.

Cuando es hora de bajar por la montaña rusa, David decide que es mejor coger el 28. Pienso que todas las ciudades se caracterizan por sus 28, ya sean tranvías o autobuses. En este caso se trata de un tranvía en versión reducida, como si hubiesen escogido la mitad de un vagón y lo hubiesen achatado por los polos como la tierra misma. Caben como mucho 30 personas, por lo que deduzco que la logística no se les debe dar muy bien a los habitantes de esa capital bien poblada.

Al llegar a casa charlamos un rato con las compis adorables y relajamos las piernas, y yo la cadera. Me duele un rato, pero no digo nada porque hemos quedado por la noche para ver el fado y no me lo quiero perder.

Es un bar-zulo en el que no cabe un dedo más, pero inexplicablemente conseguimos hacernos sitio en primera fila. Primero salen 2 hombres, cantando algo parecido a un flamenco contenido y mucho más triste. Melania, amiga de David, nos explica que hablan de pérdidas, de sirenas y algo más. que no recuerdo.
A los 20 minutos vuelve a reinar el silencio en el bar, y sale a escena un Cristiano Ronaldo 5 años más joven. Lleva un piercing extraño en la oreja, una camiseta con unos cascos enormes dibujados y unos vaqueros entallados. Por un momento creo que se ha debido de confundir o bien que es hora de que pinche el DJ, pero de pronto empieza a cantar y nos calla la boca a todos. Se mueve, cierra los ojos y sus manos agarran el aire en un gesto de dolor. Con cada verso deja nos deja aún más pasmados. Cuando termina temo que alguna mano se rompa entre tanto aplauso entusiasta. Luego llega una mujer exótica, que también canta cosas tristes y entrecortadas. Y por último ocupa la palestra un pijo de pachá de madre española y padre portugués. Con su camisa de rayas y su peinado a juego con cortina al lado, se arranca en un nuevo dolor que nos sorprende a todos.

Yo flipo un rato más, hasta que decido que no puedo aguantar más fado en mi cabeza sin cortarme las venas. Lo bueno, mejor en pequeñas dosis.


domingo, 8 de abril de 2012

Peaceful Lisbon (parte 1/3)


Sábado 31 de marzo.
Aeropuerto de Lisboa.

No sé si hace calor o frío. La humedad se cuela por cada rincón de la ciudad. O, al menos, del trocito de ciudad que descubro al salir por la puerta de embarque. Sigo las indicaciones de David y me dirijo a la parada del aerobús, que está justo enfrente. Mientras espero, decido que hace más calor que frío y me deshago de la cazadora de cuero.

El bus tarda una hora, no entiendo muy bien las explicaciones de la conductora pero me parece que es algo sobre obras, o huelgas, o manifestaciones. Cada metro que recorre el autobús me sorprende con un grado superior al anterior en la escala de desaliño urbano. Grito mentalmente “¡¡No puede ser más cutre!!” pero nadie parece darse cuenta. Los escaparates están llenos de ropa de mercadillo, las baldosas se tropiezan en un baile totalmente anárquico y los cables eléctricos se balancean despreocupados sobre cada portal, serpenteando las paredes o cruzando el medio cielo de cualquier calle. Hay edificios a medio terminar, o a medio destruir. Los colores alegres de las construcciones se mezclan con lo innumerables desperfectos ocres, dándole un aspecto subdesarrollado y encantador a la vez.

Al pasar por una de las incontables cuestas, observo 3 edificios que se superponen sin orden ninguno amenazando cualquier tipo de estética urbanística, si es que este término existe. Grito un ‘¿¿¡Pero porqué??!’ interior, que obtiene la misma respuesta que la mayoría de mis pensamientos.

Última parada. David me espera sentado en unos escalones, y no me resulta raro ni sorprendente bajar del autobús y saludarle en su nueva ciudad. Me coge la maleta y caminamos hacia un malecón, que no es malecón pero a mí me gusta llamarlo así. Nos sentamos en el borde mirando al río, y echo de menos una cerveza en la mano para completar el momento llegada. Me habla de los planes que tiene en mente para esa semana y que seguramente nunca haremos, y yo no paro de decir tonterías y reírme sin razón aparente porque estoy contenta de verle. Me ajusto el gorro y me dice que parezco una saxofonista, a lo que respondo que ya lo sabía. Es curioso, porque esa misma mañana al mirarme al espejo me había gritado mentalmente ‘¡Pareces Lisa Simpson!!’.

Después de la cerveza imaginaria en el malecón David vuelve a cogerme la maleta y caminamos 5 minutos hacia su casa. Es un edificio viejo y bien camuflado con el look descuidado de la ciudad. Al subir me encuentro un salón acogedor, decorado con un buen gusto hippy y bohemio sin llegar a ser recargado. Hay un extraño sofá improvisado y una mesa en el centro, que ya está preparada por sus adorables compis de piso para comer. Hablamos un poco de la nada, o de todo lo que se suele hablar la primera vez que conoces a alguien con el que no tienes nada en común. Me caen bien al instante. Son dos chicas, una española y otra italiana, que desprenden el olor de la buena gente desde el primero ‘hola’, o el primer ‘ciao’. Traen la paella que han preparado y la devoro sin piedad, engullendo hasta el último socarrao.

Surge por primera vez la pregunta más escuchada del mundo en los siguientes 6 días:
¿Te gusta Lisboa? A lo que yo grito sin parar en mi cabeza ‘¡¡No puede ser más cutre!!’, pero hago un esfuerzo por contenerme y les contesto la otra parte de la verdad, menos hiriente. Es cutre, sí, pero se adivina encanto. Y no estoy mintiendo.

Cuando creemos que ya es hora salimos de casa a recorrer un poco más de asfalto destartalado. Pronto comienzo a descubrir que el encanto va ganando terreno a la cutredad, y que en esta misma reside precisamente su esencia. Vamos al primer mirador, de esos que le encantan a David, y nos quedamos un rato observando las vistas. Terminamos en otro mirador, con sus amigos de erasmus tocando la guitarra y bebiendo cerveza. Pienso que es el plan más armónico del mundo para una ciudad como aquella. Hippy stuff, hippy stuff everywhere. Megusta. Cuando el sol cae de cansancio comienza a llover, y tenemos que levantar el campamento y volver al acogedor piso de David y sus compis adorables. Allí tomamos algo, y antes de apalancarnos decidimos darle un nuevo shot al día, o más bien la noche, saliendo a cervecear por Barrio Alto. Yo estoy cansada del vuelo y cargo con el look de saxofonista, que nunca es fácil, pero me animo y me pido una cerveza barata de pseudos-mini.

Las calles de Barrio Alto están abarrotadas, como si fueran unas eternas fiestas de Chueca. Pienso que deben de regalar algo, pero resulta que la moda lisboeta es servirse en los bares y llevar la fiesta a la calle. Hace mucho frío, pero nadie parece reparar en ello. Somos unos cuantos, porque nos hemos juntado de nuevo con sus amigos erasmus y sus respectivas visitas. Son gente encantadora, como la ciudad. Me pregunto si habrán elegido la ciudad o la ciudad les habrá elegido a ellos. Después de un día, puedo afirmar que mi amigo David también encaja a la perfección con la ciudad, y con todos ellos. Es como si de alguna manera todos formasen parte de la misma melodía, sin estridencias.

Intento beber algo más de cerveza para aguantar el frío y ganar al cansancio, pero mi cuerpo se niega. Las náuseas son cada vez más fuertes y empiezo a odiar la marca super bowl, como la llamaré siempre. A última hora entramos a un bar, por fin, y a los 10 minutos anuncian que van a cerrar. Yo abandono, alegando que estoy cansada de luchar contra la super bowl.