Proyecto de brainstorming a través de experiencias personales -o no-, en estrecha colaboración con los vientos descabellados que me aquejan de vez en cuando (sin olvidar, por supuesto, los toques de humor tonto).
Todo ello desde la premisa n.1 en cualquier vida: Keep smiling.
*Hoy 15 de octubre, fecha en la que el periódico 20 minutos ha publicado que "ya no quedan príncipes azules en Europa", parece el día perfecto para rescatar esta entrada de borradores.
Hace algunas semanas salí del trabajo, como de costumbre, cogí el metro, como de costumbre, y me senté, aunque esto solo lo hago a veces. Como me gusta escudriñar a la gente que comparte mi vagón (yo lo veo como mi vagón), pronto me fijé en el chico que tenía al lado. Bien trajeado, con el nudo de la corbata impecable, zapatos de piel auténtica y el pelo moldeado con gomina hacia atrás. Para completar el estilismo llevaba gafas, unas gafas finas de pasta.
"Todo un caballero a la vieja usanza", pensé. No me equivocaba mucho, lo supe cuando posé la vista en el libro que leía muy ensimismado. "Diccionario urgente para el caballero de hoy en día". No dudé en intentar leer cada párrafo, mientras mi sonrisa se iba ensanchando sin poder evitarlo.
"Cita: Para la primera cita no debe llevarla a una taberna, pues se trata de sitios vulgares inadecuados para llevar a una mujer. Tampoco debe excederse en su invitación, ya que una cena en un lujoso restaurante servida con copas de champagne podría provocar un retraímiento por su parte. Decántese por una copa después del trabajo.
No plantee una invitación abierta ni use fórmulas similares a '¿porqué no quedamos algún día?'. Escoja un día y una hora y hágaselo saber.
Una vez terminada la velada y en el caso de que haya sido de su agrado, no debe comunicarse con ella hasta pasados cuatro días. No se deje vencer por la felicidad al llegar a casa, esconda el móvil si es necesario."
También hablaba de llevarla a casa, de cómo aplaudir, de cómo hablar sobre política o de cómo comportarse con sus compañeros de trabajo. Todo un divino tesoro que deberían regalar como los panfletos a la salida del metro.
Antes de protagonizar una escena en medio del vagón, me apresuré a sacar el móvil y whatsappear a mi amiga Nenúfar. Éstas fueron mis palabras: "He encontrado al hombre perfecto. Estoy a punto de pedirle matrimonio aquí mismo. Qué hago?".
Sí, dejé pasar al hombre de mi vida. A los pocos minutos, exactamente cuando hice transbordo, dejó de importarme. Pero la impresión que me causó esa imagen me recordó a las sabias palabras de otra amiga mía, que guardo como oro en paño. Además de porque me encantan, porque me las escribió por mail en una de nuestras largas conversaciones epistolares diarias. Y hoy tengo la oportunidad de hacerlas públicas, y avanzar un paso más hacia el proceso que las convierta en mandamiento universal. Atención, por favor.
Manual para ser el hombre perfecto, Punto 1, por Zsa Zsa Gabor
1. Todas
las mujeres son PRINCESAS. Nos hemos criado en un mundo influido por la mala
gestión de las películas de DISNEY, en la que la chica pobre, sin padres, sucia
y destartalada conocía al príncipe de sus sueños, se enamoraban, ella era
salvada de la bruja malvada y finalmente se casaban. Ella se convertía en la
princesa del reino y vivían felices y comían perdices…
Pues bien,
actualmente se siguen comiendo perdices, pero de otro tipo.
Los
príncipes que merecían la pena están cogidos (Véase Felipe ¿¿??, y el guapísimo
Guillermo. Sí aun queda su hermano, pero tiene pinta de ser un mujeriego,
y tampoco nos vale mucho, porque es complicado que acabe subiendo al trono..).
Pues bien,
en un mundo en el que ya no quedan príncipes y lo único que se demanda es una
Republica, no podemos romper el corazón de las mujeres negándoles un derecho
que DISNEY un día les prometió. (Cualquier reclamación al Ser. Walt)
Todas las
mujeres son PRINCESAS, y así deben de ser tratadas. Ya sea tu novia, tu
rollo, tu amiga, la chica del trabajo que te follas entre semana o la borracha
30 añera de Liberata que consigues llevar a tu casa los viernes a las 6 de la
mañana. Sí, aun que tenga el rimmer corrido y huela más a whisky que un escocés
borracho, es una P-R-I-N-C-E-S-A.
Trátala
como tal.
(Aquellas
que no tienen aspecto de ser mujeres por la cantidad de pelo que acumulan en su
barbilla, también están dentro del PACK)
Ante esto, no puedo más que quitarme el sombrero ante Blondie y entonar, alto y fuerte, un:
*Nota 3: Para quien no le suene este título, mejor leer la entrada desde el principio. Dejo el link aquí (scrolls down innecesarios a mí!)
Momento aserradero
-¡Lo mejor de esta atracción es la segunda bajada!-
gritaba Minus desde atrás. – Nenuf, ¿estás preparada para una de nuestras
poses?
La barca era de tres, por lo que esta vez a ninguna nos tocó
ir solas. Íbamos en fila de uno: yo ocupaba el asiento de adelante, Nenúfar después
y Minus en último lugar.
-Claro, ¿cómo salimos esta vez? ¿así? – Nenuf hacía el
símbolo de la victoria con las manos.
-Yo…. Intentaré sonreír… - Me atreví a mascullar entre
dientes.
Bajada en 4, 3… me agarré a las barras de los laterales con
todas mis fuerzas.”¡¡Ueeee!! ¡¡Vamos allá!!” Minus y nenúfar seguían en plena
exaltación… 2… noté que iba a salirme de la barca de un momento a otro, agaché
la cabeza para que el momento pasara lo más rápido posible… 1…. Y… ¡¡zaasss!!
¡¡¡en toda la boca!!! En centésimas de segundo la barca se inclinó, cogió impulso,
yo me acojoné aún más si cabe, mis amigas levantaron las manos para posar, la
barca se precipitó al vacío y… yo me comí la barra delantera. Era tanto el
miedo que me recorría, que de tanto encogerme terminé estrellando literalmente
mi cara contra la barra de enfrente.
Después de tantas emociones fuertes y con el labio dolorido decidimos
descansar un rato. Nos dejamos caer sobre el césped fresquito y sacamos
nuestros bocatas de domingueras. El descanso duró poco, porque a medida que
menguaba el bocadillo aumentaba la lista de atracciones que nos quedaban por
disfrutar. O sufrir, según se mire.
El día se estaba dando bastante bien hasta ese momento.
Soplaba una brisa casi imperceptible que aligeraba la temperatura,
permitiéndonos caminar todo el día sin desprender una gota de sudor. A la vez
el sol calentaba en lo alto, lo que nos hacía secarnos en cuestión de minutos
tras una atracción de agua.
Nos sacudimos la hierba de los vaqueros y buscamos con la mirada nuestro próximo objetivo anti-digestión.
Momento tornado
Esta vez sí que tuvimos que esperar cola, por primera vez en
todo el día. No era muy larga, pero sí lo suficiente como para darnos tiempo a
interactuar con los chicos de la taquilla. Una vez en nuestros asientos, Javi
nos abrochó los cinturones mientras piropeaba a Minus. Escuchamos a uno de sus
compañeros
-¿Están todos listos en tu fila?
Javi clavó sus ojos en los míos.
-Sí, solo faltan estos tres asientos, que no funcionan.
– Se refería a los nuestros. No me dio tiempo a gritarle que me bajara
inmediatamente, porque salimos despedidos looping arriba. Esta vez sí que solté
las manos, abrí los ojos y pasé de gritar en modo señora asustada a modo adolescente alocada. Progresaba a pasos agigantados.
Por último, nos llegó la hora del Viejo Caserón. Comotoda aventura digna, el momento álgido espera
al final del recorrido.
Momento Casa del Terror
-Yo voy en medio, lo siento, esto sí que me acojona. –
Nenúfar olvidó la valentía que hasta entonces le había acompañado y
empequeñeció unos cuantos centímetros.
-¡Venga ya, que la miedica soy yo, no tú! – Intenté
animarla de un empujón.
-¡¡Pero que me he puesto a gritar en la zona de niños
porque se me ha acercado un Gormiti!! ¡¡UN GORMITI AZUL!!
Minus y yo nos reímos a carcajadas, yo acepté a ocupar el
último lugar y Minus, como siempre liderando y sin un ápice de miedo en su
expresión, se ocupó del primero.
A las puertas del caserón nos esperaba un hombre musculado y
convenientemente vestido de negro.
- Estáis a punto de pasar a la Casa del Terror. Permaneced
siempre juntos, no os separéis en ningún momento… - y así continuó su retahíla
durante varios minutos, con voz grave y pausada. Yo, agarrada a Nenúfar, notaba
el parkinson en sus manos. Una vez hubo terminado el sermón, ésta se atrevió a
preguntarle con una mezcla de pena y terror en su voz
- ¿Pero y… cuánto… dura?
- Cuarenta y cinco minutos.
Con estas, nenúfar se dio la vuelta y todo el grupo de 7
personas nos dirigimos a la puerta indicada.
Nada más entrar a aquel escenario oscuro, únicamente
iluminado por una tenue luz mortecina, todo mi cuerpo se contagió del parkinson
de nenúfar. Me pegué a ella cual lapa estrujándole las manos. Un hombre con voz
distorsionada y ojos amarillos nos dio las primeras indicaciones, pero yo era
incapaz de prestar la más mínima atención. Continuamos por el camino marcado,
mientras Minus comentaba con mofa cada decorado y monstruo que estaba a punto
de aparecer. La pareja de detrás nos animaba, y se reía cada vez que nenúfar y
yo ensordecíamos sus tímpanos con gritos despavoridos.
Pasillos estrechos con monstruos enjaulados que no dudaban
en alargar la mano, salas con decorados terroríficos y figuras siniestras que
acechaban tras las esquinas.
De pronto, un loco con cara de loco y ataviado con bata de
loco apareció de la nada y se plantó a 2 centímetros de
nuestras caras.
-¿A vosotras qué os pasa? – Ambas, nenúfar y yo,
chillamos hasta quedarnos sin voz. El loco no se dio por vencido. De un salto
apareció de nuevo a nuestro lado, mirándonos con sus ojos morados de loco y su
tez pálida de loco y sus manos con sangre de loco. Entonces pronunció las
palabras más aterradoras jamás dichas.
-¿Os gustan… las tartas?
Ante tal provocación no pudimos evitar chillar todavía más
fuerte y salir corriendo, como si nos hubiera dicho que nos rebanaría la cabeza y nos cortaría en pedacitos.
Por suerte Minus frenaba nuestro paso justo a tiempo, de no
ser por ella nos hubiéramos saltado el recorrido un millón de veces.
-¡Mirad, una sala llena de jamones! – Minus se refería a
un habitáculo lleno de cuerpos vendados que colgaban del techo, ensangrentados.
Para atravesar la habitación debíamos sortearlos, lo que debía causarle mucha
diversión. La pareja de delante se reía de las ocurrencias de Minus, que
parecía estar pasándolo en grande. Como si estuviera en un parque de
atracciones. Ja.
Nenúfar y yo continuábamos fusionándonos hasta casi ser una,
digievolucionando hasta el estado de flanes perfectos.
-Ahora viene la niña del exorcista, atentas porque aquí
hay cámara y tenemos que salir bien en la foto. - ¡Maldita tranquilidad de
Minus! ¡Maldita manía de posar! Justo antes de entrar, Minus se dio la vuelta
sobresaltada
-¡Pero bueno! ¿¿Se puede saber quién me ha clavado un
piño en la espalda??
Nenúfar otorgaba en silencio, justo detrás y encorvada como
un gollum de aspecto aniñado. Minus le dirigió una mirada compasiva y continuó
hacia la habitación de la niña del exorcista como si caminase hacia el
photocall de una premiere.
Yo, desde atrás, no dudé en empujar con todas mis fuerzas al
grupo para pasar a aquella pesadilla de sala. Cuando por fin alcanzamos el
pasillo de salida, tocó la mítica última carrera de terror para escapar del
hombre de la motosierra.
Al ver de nuevo la luz del día yo tenía el corazón en un
puño y nenúfar no sabía si reír o llorar. Hablaba de forma entrecortada, le
temblaba la voz y tiritaba como si hubiera pasado horas en una cámara
frigorífica. A su lado, Minus no podía contener la risa.
Aún superando el estado de shock, nos acercamos a ver la
instantánea. Minus saludaba a la cámara, alegre. Nenúfar la seguía, encogida y
sin soltar mi mano. Yo estaba demasiado ocupada empujándolas con todas mis
fuerzas para salir de allí, por lo que mi expresión no era muy favorecedora.
Después de pagarla nos quedamos un ratito junto al puesto comentando la jugada.
Entonces alguien nos llamó desde dentro de la caseta. Era el chico forzudo, el
que nos había explicado las normas a seguir antes de entrar.
-¿Cómo han ido esos 45 minutos? – preguntó, sarcástico.
-¡Los peores 45 minutos de mi vida! – Nenúfar pronunció
la primera frase seguida desde que habíamos salido de la casa.
-Bueno… hemos tenido un problemilla con la impresora, y
bueno.. qué casualidad, ha salido otra foto de más de las vuestras. Podéis
quedarosla si queréis.
Sonreímos educadamente y yo di las gracias mentalmente por
tener unas amigas tan guapas.
-¡Una para Londres, y otra para que te la quedes tú! –
Era verdad. Por unas horas había olvidado que mis amigas se marchaban a Londres
y me abandonaban a la deriva en mi querido Madríz. Pero no era momento para
ponerse triste, tampoco lugar. Los parques de atracciones no están hechos para
eso. Así que decidimos dar unas cuantas oportunidades más a las atracciones
hasta que empezó a anochecer.
A las 9 de la noche, con más adrenalina de la que jamás
pensábamos albergar, convinimos finalizar nuestra jornada de revival teenager.
Era tarde, y aunque nuestro cuerpo acumulaba muchas emociones fuertes, aún
quedaba el último sprint. Cogeríamos de nuevo el coche, pondríamos rumbo a mi
casa, cenaríamos allí y saldríamos donde nos dictara la noche. Pero, en
lenguaje bloguero, eso ya es otro post.
P.D. obligada-. Después de todo, dos cosas quedan claras: 1-. Aunque a veces vaya de dura por la vida, no soy más que una nena. 2-. Mis amigas, de apariencia frágil y delicada, tienen más pares de narices que muchos machos ibéricos conocidos y por conocer. Juntos.
*Nota: Por una vez, no le daré la razón a "Los Planetas". Este día dista mucho de ser una pesadilla.
*Nota 2: Esta entrada, como en anteriores ocasiones, irá por entregas (a riesgo de resultar soporífera para el despistado lector que aterrice aquí por casualidad)
-¿Sabemos cómo ir? – desde dentro, Nenuf organizaba las
cosas para dejarme espacio en el coche.
-Espera, voy a por el GPS. - Antes de entrar recorrí
unos metros para hacerme con nuestra salvación. Abrí la puerta del chevrolet
rojo y busqué por todas partes. Nada. Regresé de nuevo a la ventanilla de
Nenuf.
-Nada, que no lo tengo. Mis padres se lo han llevado al
pueblo.
-Genial. Entonces no sabes cómo vamos a llegar, ¿no?
-Ni idea.
Abrí la puerta y me senté en el asiento del copiloto. Ya
solo nos faltaba recoger a Minus y emprender el viaje a ninguna parte. Tres
chicas carentes de todo sentido de la orientación.
Llegamos media hora antes de que abrieran las puertas, pero
ya había al menos una veintena de personas esperando en la acera. Observé las
enormes verjas desde lejos, apenas podía recordar la última vez que había
estado allí. Lo que sí recordaba perfectamente era la mezcla excitación,
nervios y euforia contenida que había sentido todas las veces que había contemplado
esas verjas.
Tras dejar nuestro riñón en la taquilla corrimos hacia la
primera atracción. La elección estaba clara.
-Por favor… no… no me hagáis esto…. – el nenúfar rubio
suplicaba en voz baja intentando arrastrarnos lejos del gigante naranja
fosforito.
La atracción elegida era una de las más nuevas, una montaña
rusa enorme de curvas imposibles que mareaba con solo mirarla. Minus y yo
saltábamos las vallas entusiasmadas, con los ojos chispeando de ilusión.
-¡Pero, a ver, pero! ¡Mira, es que! ¡Si es mejor así
Nenuf! ¡Ya verás!
-¡Sí, esto es como en la piscina! Cuando no te quieres
meter pero sí… y entonces ¡zas! ¡Te metes de golpe! Así el sufrimiento se pasa
antes, ¿no lo ves? ¡Imagínate ahí, metiéndote poco a poco… es una agonía!
La mirada nenufiana continuaba en modo gatito de shrek. No
parecía compartir nuestros argumentos.
-Pues yo la verdad… es que siempre me meto poco a poco
en la piscina…
De poco le sirvió obligarnos a sentir sus pulsaciones, en
menos de 2 minutos estábamos subidas a un vagón a punto de despegar hacia el
Abismo. Metáforas aparte, ése era el nombre de la atracción.
A medida que el vagón comenzó a moverse por la estructura yo
comencé a hablar, presa del pánico.
- No pasa nada, no pasa nada. Es solo una atracción, ¡qué
divertido!- repetía con un tono de autoconvicción muy poco conseguido. - Va a
ser muy divertido, no pasa nadaaaaAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHH!!!!!… -
Pronto la primera subida puso mi estómago del revés y solo pude cerrar los ojos
con todas mis fuerzas y gritar. Juro que no pude despegar los párpados ni un
solo segundo, mi cabeza daba vueltas mientras aquello subía, bajaba, hacia
loopings y retrocedía a unas velocidades vertiginosas. Estaba tan fuera de mí
que cuando escuché, a mi lado, a nenúfar gritando mi nombre, solo pude contestar
un acalorado “¡¡¡CÁLLATEEEEEEE!!!”
No volví a escuchar su voz en toda la atracción.
Al acabar y por fin pisar suelo firme, yo estaba blanca como
el azúcar glass. Mi cabeza no me respondía y tenía la mirada perdida. Avanzamos
por el asfalto mientras notaba las piernas temblando de la impresión. Mientras,
Minus y Nenúfar comentaban eufóricas lo genial que había sido y se reían de mi
aspecto fantasmal.
-¡Venga, vamos a la tarántula! – Ahora era Nenúfar, la misma
que momentos antes pedía clemencia, la que nos animaba a correr hacia otra
muerte fugaz.
-¡Y una mierda! – Tres minutos más tarde, las tres
ocupábamos los asientos de la maldita tarántula.
De nuevo sacrifiqué mi garganta al son de gritos, gritos y
más gritos. Para mi sorpresa, una vez hubo acabado la atracción mi nivel de
adrenalina estaba por las nubes.
-¡Vamos a otra! ¡Más, quiero más!
-¿Qué os parece la mina?
-Venga, algo un poco tranquilo…
Nos montamos en unas cajas metálicas destartaladas. Como
éramos impares, era mi turno de montarme sola. Una vez en mi sitio y sin saber
de qué iba la atracción, se nos acercó el chico encargado con cara de
preocupación:
-Por favor, no os olvidéis de abrocharos los cinturones.
Es importante.
-Claro, ahora mismo. – Dispuestas a obedecer,
rebuscamos en los laterales de la caja algo parecido a un cinturón. Nada. Me
levanté como una exhalación, histérica, imaginando el trágico accidente que
estaba a punto de sucedernos.
-¡¡¡PERDONA!!! ¡¡POR FAVOR, NOS FALTAN LOS CINTURONES!!!
¡¡Y YO VOY SOLA, POR FAVOR!!!
Tardamos unos segundos en darnos cuenta de la risa del
chico. Los mismos segundos que tardó nuestra cara en sonrojarse, mientras me
sentaba despacito. La atracción en sí era una niñería que solo consistía en
disparar a unas luces con pistolas láser, por lo que no entrañaba riesgo alguno
y por supuesto carecía de cinturones de seguridad. “No se juega así con el miedo de la gente” pensé, a la vez que
reconocía que, en el fondo, había tenido su gracia.
Después de estas vinieron muchas atracciones más, porque
para eso habíamos ido a pasar el día a un parque atestado de ellas. Minus y
Nenúfar caminaban envalentonadas a una y a otra, agitaban los brazos en
pleno looping y se reían en medio de una bajada. Posaban para las cámaras que
te retratan en el peor momento, incluso planeaban qué muecas hacer.
Como bien he aclarado al principio del post, esto va por entregas. Comencemos por un momento cualquiera.
Momento fiordos
-¡Venga chicas, poneos bizcas! ¿Qué os parece esta cara?
– Minus ladeaba la cabeza, con la lengua afuera, los ojos cruzados y los brazos
en posición descoordinada.
-¡Me gusta, sí! ¡Venga preparadas, que se acerca la
bajada donde nos hacen la foto! ¿Bea, tú qué cara vas a poner?
-¡¡Ninguna!! ¡¡Ni de coña!! ¡¡¡Estáis locas!!! – Yo me aferraba
con una mano al asidero de enfrente, mientras que con la otra agarraba el
asiento de mi compañero imaginario. De nuevo me había tocado sola, y por alguna
extraña razón soportaba mejor la presión y el miedo agarrando el respaldo de al
lado cual novio primerizo en una sala de cine.
Cuando nos acercamos a ver la foto, ellas estaban
fantásticas. No en el sentido acaparar portadas de revistas ni mucho menos,
pero las dos aparecían haciendo el subnormal, relajadas y felices. Yo, en
cambio, salía apretando la mandíbula y muy concentrada en mi papel de novio
patético.
Ya sea chico o chica, cualquier persona que
decidimos tener a nuestro lado nos gana por la personalidad.
Cómo ve el mundo, cómo se ve él mismo, cómo te
ve a ti o cómo ve al resto es lo que determina tu visión sobre esa persona
independientemente de su físico.
Esta recopilación de puntos básicos no es
cosecha únicamente mía, si no que es fruto de comparar experiencias propias y
ajenas durante laaargo tiempo.
Y, ¡eh! Es válido tanto para cualquier tipo de relación, sea de la naturaleza que sea.
-Sentido del humor. Que te haga reír.Y no me refiero a que te cuente chistes o a
que se esté haciendo el gracioso las 24 horas. Me refiero a que le sobre
sentido del humor y lo regale, a que le vea el lado divertido de las cosas y
disfrute con que tú lo veas también. Algo tan sencillo es vital. Que seáis
capaces de reíros juntos hasta que os duela el estómago es un síntoma de
solidez en la relación.
-Humildad. Que sea humilde. Vale que cierta
chulería pueda tener su punto, siempre que sea más una pose o un deje
inconsciente que una actitud premeditada y estudiada. Pero la prepotencia, ya
sea a nivel de discurso o de apariencia física, es un antídoto fulminante
contra el atractivo. No hay nada peor que un chico que te mire por encima del
hombro hablándote de sus vastos conocimientos sobre infinitos temas, incluso
los que no te interesan un carajo. Que te exponga todas sus opiniones con tinte
de meeting y que, por cierto, todas son acertadas.
En cambio, un chico/a
que sepa conversar con gente de cualquier nivel cultural o social, sea educado
y sepa escuchar, tiene mucho terreno ganado.
Y en cuanto al
aspecto físico el caso es aún más flagrante: no hay nada peor que un chico que
“es guapo y lo sabe”. Entendámonos, todos tenemos ojos en la cara para saber si
uno es guapo, del montón o un orco de mordor. Pero sabéis a lo que me refiero.
Cuando un chico/a es del tipo “es guapo y lo sabe” se casaría consigo mismo y
tendría hijos solo para clonarse. Es el tipo de chico que cree que juega “en
otra liga”, y piensa que todas las chicas caen rendidas a su paso. Por supuesto
que su imaginación juega un papel clave en estas creencias, pero en su cabeza
parece haber un globo inflado de ego que le impide separar realidad de ficción.
-Average. Que sea normal. Vaya generalidad,
¿no? ¿Qué es lo normal y qué no lo es? No vamos a entrar en cavilaciones
filosóficas porque si no este blog se llamaría “Cavilaciones filosóficas de
LadyMadriz”, lo que no queda demasiado cultureta. Con el término “normal” nos
referimos a sencillo, transparente, coherente con su forma de pensar, sin nada
que ocultar ni disfrazar. Que se adapte a cualquier situación sin problema. Por
supuesto que cualquier desequilibrio o extremo no entran dentro de la
clasificación de “normal”.
-Interesante. Que tenga tema de conversación.
Experiencias que ha vivido, lugares en los que ha estado, ideas, pensamientos,
absurdeces, en definitiva, cosas que contar…. Y que sepa escuchar. ¡Sí, ya sé! Muy de
chica, ¿verdad? Pero la realidad es que a todos nos gusta ser escuchados. Y
existe el pensamiento erróneo de que “aportar” en una relación es únicamente contar cosas,
hablar… cuando realmente no es así. Un diálogo no se basa en “te cuento, y
ahora me cuentas tú”. Puedo hablar de mis cosas, y tú puedes intervenir en
ellas. Y cuando tú me cuentes lo que te apetezca, yo te pregunto, comento, te
aconsejo, y no por obligación si no porque me interesa.
Cuando te atrae una persona
quieres conocerla, saber de ella, escuchar sus gustos, sus aficiones, su
pasado. Y cuando ya la conoces y la quieres, te gusta saber qué tal le ha ido
el día, escuchar la historia tan divertida que le ocurrió con sus amigos el
finde pasado o sencillamente cómo se siente. Nos gustan las personas que nos
enriquecen con sus historias, sus pensamientos y sus ideas, no cabe duda. Pero
una relación no está hecha para ser unidireccional. También nos gusta que nos
pregunten, nos escuchen y se interesen por nosotros.
-Basic. Que te acepte tal y como eres. Con
tus más y con tus menos. Que a pesar de todas tus virtudes y todos tus
defectos, te siga admirando. Que nunca te niegue un abrazo es, quizá, la parte
más fundamental de todas.
Seguro que muchos pensáis en la sinceridad,
fidelidad, y otros tantos aspectos importantes en las relaciones… pero esa es
otra historia. Esto no es más que un primer contacto, una “guía de bolsillo”
para dummies. De las que me gustan a mí.
Tengo un problema. Como los principios, si no le gustan
tengo otros.
Pero hoy voy a hablar de uno que me atormenta desde hace
casi 2 años. 2 años son muchos para cargar un problema, y más cuando tiene que
ver con tu trabajo.
Quizá alguien pueda ayudarme, o a alguien le ocurre lo mismo
y podemos formar un foro de cooperación mutua, y poco a poco quizá se una más
gente que se atreva a confesar su afección y acabemos formando una asociación
que luche por nuestros derechos.
Se trata de las reuniones de trabajo. Yo suelo ser una chica
despierta, inquieta, que no me cuesta madrugar y en cuanto veo un síntoma de
baja actividad me encasqueto dos cafés bien cortados. Esto suele pasar cada
mañana. Ya casi como costumbre. Es raro que el cansancio o sueño me ataque durante
el día. Me pone nerviosa dormir la siesta porque creo que estoy perdiendo el
tiempo. Pero las reuniones… ay las reuniones.
Cuando entro en la sala intento concienciarme, animo a mi
espíritu a seguir a tope con la COPE. Cierro
la puerta tras de mí, respiro hondo y miro a la gente a los ojos como para
advertirles que no, esta vez no ocurrirá. "¡¡HA!! Noohhhhamigos" - les digo telepáticamente - "¡¡Hoy noooh es vuestro día!!"
Pero ocurre. Siempre ocurre. Es comenzar a escuchar a los
jefes explicando (no importa qué jefes), y un tic de bostezos me ataca sin
preaviso. No puedo evitarlo, por más que lo intente. Bostezo sin querer una y
otra vez, con apenas 3 segundos de diferencia. Juro que es cierto. Y es como el
hipo, que no puedes parar aunque lo estés pasando realmente mal. Es entonces
cuando intento todos los trucos para disimular mi tic bostecil: aprieto los
dientes como si no hubiera un mañana, me muerdo la lengua hasta hacer muecas
imposibles, se me empañan los ojos de la tensión acumulada. Hago que escribo
para poder mirar hacia abajo y que mi careto de contracción intentando contener
el huracán bostezo no sea visto por todos los asistentes. Al cabo de media hora
estoy roja del esfuerzo, llena de lágrimas y con los ojos como pimientos
morrones.
Lo peor no acaba aquí. Y no me refiero solo al hecho de que
a veces los jefes, como es lógico, se dirigen a mí y puedo notar sus caras de
“qué narices le pasa a esta chica”. Tampoco me refiero al hecho de que me toque
hablar, y sea un espectáculo ridículo y denigrante.
Me refiero a que a este tic bostecil se le añade un segundo
pseudos-problema: mi incapacidad para hacer dos cosas a la vez. Esta tara se
traduce en que cuando escucho e intento coger notas, escribo cosas sin ningún
sentido en absoluto. O escucho, o escribo. Intento tomar notas cada vez que se
dirigen a mí mientras asiento con la cabeza, en modo “sí, lo tengo todo
controlado”, pero en realidad estoy trazando palabras inconexas que mi
subconsciente ha tomado como favoritas. Todos mis apuntes de reuniones son
absolutamente inútiles. “Casa con
facebook concurso de trabajo con jardín”. Cuando pasa mi turno y leo lo escrito,
rezo porque a nadie le dé por deslizar su vista hacia mi cuaderno. Esto sin
contar con que, cuando se dirigen a todos y en mis vanos conatos de reprimir
mis bostezos, me da por trazar formas con el boli. Todos escriben afanosos las
tareas comunes, bien ordenadas y adornadas con puntos, flechas y guiones. Yo me
abstraigo sin quererlo y comienzo a dibujar cuadraditos, cuadraditos con formas
que llevan a otras, espirales con estrellas y cuadrículas dentro de cuadrículas
de estrellas. De vez en cuando asiento de forma automática, como si estuviera
al cargo del acta de la reunión y estuviese cumpliendo mi papel a la
perfección.
Resultado: al final de la reunión tengo que cerrar mi
cuaderno rápidamente y salir corriendo de allí con la cara roja y lágrimas en
los ojos.
Para cuando llego a mi sitio y me siento, exhausta, en la
silla frente al ordenador, el bostezo constante desaparece. Me tranquilizo por
un instante, pero sólo hasta que abro mi cuaderno y observo todas esas frases absurdas
rodeadas de formas geométricas sin orden ninguno. “Casa con
facebook concurso de trabajo con jardín+ cuadrado-cuadrado-espiral con puntas acabada en estrella”.Para entonces solo puedo
llevarme las manos a la cabeza y rezar porque mi mente haya captado todo
subliminalmente, y sea capaz de hacer mi trabajo con un poco de dignidad.
Siempre ocurre. El verano roba el espíritu primaveral y
altera la sangre, las neuronas y todos los órganos vitales. La ciudad más asfaltada
se viste de luz y hace brillar aún más los colores chillones que inundan las
calles. O al menos así me lo parece a mí.
Las terrazas cuelgan el sold out tanto de noche como de día
y la gente sonríe más en el metro, a pesar de seguir sin despegar la vista de
sus smartphones. Aprovechas las horas como si no hubiera un mañana, quedas con
todos esos amigos a los que hace meses que no ves, te atreves con planes
impensables para el invierno. Rechazas el no a cualquier escapada y las
historias que contar se te acumulan cada semana.
A mí me pasa, como al resto de los mortales. Es en estos
momentos cuando no echo nada de menos la vida en Reino Unido, aunque sean los
menos. Porque el verano es un ambiente único, donde la rutina no existe y la
vida parece dar más vueltas que en cualquier otra época del año.
Viajes de empresa a Marbella, con reservados, tacones
imposibles y camas balinesas. Locura de San Fermines durmiendo en un coche y
pidiendo pizzas a una rotonda. Días de la música improvisados que acaban como
una película de Bridget Jones.
Festivales en Potugal que se asemejan más a un maratón de
resistencia, con conciertos, encuentros y noches surrealistas de ukelele y
cervezas. Reuniones masivas de amigos de toda la vida, en las que lo que
parecía imposible se hace realidad y te deja una sonrisa imborrable por semanas
enteras. Quedadas becariales míticas, donde revives todo el cariño que
guardabas en una cajita desde hace meses.
No sé si ha quedado claro, pero me encanta el verano.